De ET a la fecha, la idea del extraterrestre que llega no para hacer la guerra sino para hacer amigos ha sido explotada una y mil veces y Sonic: la película lo vuelve a hacer con bastante trivialidad. Sonic, fue un personaje muy popular de los videojuegos en los 90’s, y este personaje era la competencia de Sega al exitoso Mario Bros de Nintendo.

Uno de los aciertos de la película dirigida por Jeff Fowler es tomar del original sólo los elementos característicos, sin intenciones de convertir todo en una experiencia que emule al videojuego. Sonic: la película es entonces una aventura con elementos de road movie y con la comedia como motor principal. Motor que no siempre funciona muy bien.

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La película quiere mostrar valores como la amistad, la apropiación de lugar donde se vive y la unidad familiar, todo de manera bastante rudimentaria. Lo que importa en la película de Fowler (y en un personaje como Sonic) es el movimiento, que permite que todo adquiera una lógica más cercana al dibujo animado con su humor físico.

Jim Carrey es un gran aporte que la película tiene para exhibir y hacer crecer esta realización. Su presencia es la más lógica como villano para perseguir a un dibujo animado, el comediante hace gala de su capacidad para absorber el centro de la atención en cada participación, incluyendo una secuencia física tan inexplicable, como divertida, en su camión-laboratorio. Precisamente esa ha sido una de las virtudes de Carrey desde siempre, volver anormal cualquier situación de aparente tranquilidad. Su personaje, Robotnik es eso, un tipo decididamente poco confiable al que por algún motivo que desconocemos, el Gobierno le da un poder inusitado. Esa capacidad de Carrey para sobresalir, que en ocasiones puede generar cortocircuitos en narraciones más normales, aquí se vive como algo vital. Esa locura, esa anomalía, es lo que vuelve mínimamente interesante a este trivial filme.